Una madre de Fuerteventura ha alzado la voz este 21 de marzo, coincidiendo con el Día Mundial del Síndrome de Down, para denunciar una realidad incómoda: la falta de integración laboral y recursos en la isla obliga a muchas familias a marcharse. Su testimonio, protagonizado por su hija Asia, nacida en la isla y con síndrome de Down, pone el foco en una problemática que sigue vigente más allá de los mensajes de apoyo en redes.
La historia de Asia no es solo un ejemplo de superación. Es también el reflejo de una lucha diaria. “Nos enseña la verdadera fuerza, la alegría y el amor incondicional”, explica su madre. Sin embargo, tras el día de concienciación, llega el silencio. Y con él, las dificultades reales.
Durante el Día Mundial del Síndrome de Down, Fuerteventura —como el resto del mundo— se llena de mensajes positivos. Pero, según denuncia esta familia, la inclusión real no llega. Especialmente en el ámbito laboral.
Un muro invisible que obliga a marcharse
El problema es claro: jóvenes con discapacidad crecen, se forman y quieren trabajar. Pero no encuentran oportunidades. La integración laboral sigue siendo una asignatura pendiente en la isla.
“Conozco familias que han tenido que irse”, relata. No por decisión propia, sino por necesidad. La falta de recursos, apoyos y políticas efectivas empuja a muchas personas a abandonar Fuerteventura en busca de un futuro más inclusivo.
Este fenómeno no es aislado. En municipios como Pájara o Morro Jable, donde la economía depende en gran parte del turismo, las oportunidades adaptadas son escasas. Las empresas, en muchos casos, no cuentan con planes reales de inclusión.
Además, la falta de formación específica y programas de inserción laboral agrava la situación. Todo ello crea una barrera que no es visible, pero sí determinante.
“No buscamos compasión, buscamos oportunidades”
El mensaje de esta madre es directo. No pide lástima. Reclama acción.
“Necesitan confianza”, afirma. Y también compromiso institucional. Porque, aunque reconoce el apoyo social, insiste en que muchas veces el problema es la falta de medidas concretas.
La carta también lanza una crítica contundente: la imagen de Fuerteventura como paraíso no siempre coincide con la realidad de quienes viven con discapacidad.
“No es el viento el que empuja a la gente a irse. Es el abandono”, sentencia.
A pesar de todo, su familia sigue apostando por la isla. Cree en su gente. Y en la posibilidad de cambio. Pero advierte: nadie debería tener que dejar su hogar por falta de inclusión.
El mensaje final es una petición sencilla, pero poderosa: que ninguna familia tenga que decir adiós por este motivo.






